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Rennes-le-Château y Bérenger Sauniére (1ª parte)

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El día 1 de junio de 1885 el pequeño pueblo francés de Rennes-le-Cháteau recibió un nuevo párroco. El cura se llamaba Bérenger Sauniere y contaba con treinta y tres años de edad. Durante su paso por el seminario, no mucho tiempo antes, había dado la impresión de estar destinado a seguir una prometedora carrera clerical. Ciertamente, parecía destinado a hacer algo más importante que ser el párroco de un pueblo remoto situado en las estribaciones orientales de los Pirineos. Parece ser, sin embargo, que en un momento dado se granjeó la antipatía de sus superiores. ¿Qué fue exactamente lo que hizo?, si es que hizo algo, no se sabe a ciencia cierta, pero fue algo que no tardó en desbaratar todas sus perspectivas de progresar. Y quizá sus superiores lo destinaron a la parroquia de Rennes-le-Château para librarse de él.

En aquel tiempo Rennes-le-Château tenía sólo doscientos habitantes. Era una aldea minúscula posada en la cima de una montaña escarpada, a unos cuarenta kilómetros de Carcasona. Para otro hombre aquel lugar tal vez habría sido una especie de exilio, una condena de reclusión perpetua en un remoto lugar de provincias, lejos de las amenidades civilizadas de la época, lejos de cualquier estímulo para un cerebro impaciente e inquisitivo. Sin duda fue un golpe para las ambiciones de Sauniére. No obstante, había ciertas compensaciones. Sauniére era natural de la región, pues había nacido y se había criado a pocos kilómetros de allí, en el pueblo de Montazels. Por tanto, fuesen cuales fuesen sus deficiencias, Rennes-le-Château debía de parecerse mucho a su hogar, con todas las ventajas que entraña vivir en un lugar que se conoce desde la infancia.

Entre 1885 y 1891 la media de ingresos de Sauniére fue equivalente al sueldo normal de un cura rural en la Francia de finales del siglo XIX. Al parecer, esa cantidad, unida a las gratificaciones que le daban sus feligreses, era suficiente para ir tirando, aunque no para permitirse lujos. Durante aquellos seis años, según parece, Sauniére llevó una vida bastante agradable y plácida. Cazaba y pescaba en las montañas y los arroyos de su infancia. Leía vorazmente, perfeccionó su latín, aprendió griego y empezó a estudiar hebreo. Tenía empleada, como gobernanta y criada, a una campesina de dieciocho años llamada Mane Denarnaud, que sería su compañera y confidente durante toda su vida. Visitaba con frecuencia a su amigo el abate Henri Boudet, cura del vecino pueblo de Rennes-les-Bains. Y bajo la tutela de Boudet se sumergió en la turbulenta historia de la región, una historia cuyos residuos le rodeaban constantemente.

Desde hacía algún tiempo Sauniére deseaba restaurar la iglesia de Rennes-le-Château. El edificio, que amenazaba con desmoronarse, había sido consagrado a la Magdalena en 1059 y se alzaba sobre los cimientos de una estructura visigótica todavía más antigua que databa del siglo VI. A finales del siglo XIX el templo se hallaba en un estado casi irreparable, lo cual no era extraño.

En 1891, Sauniére inició una modesta restauración, para la cual tomó en préstamo una pequeña suma de los fondos del pueblo. En el transcurso de las obras quitó la piedra del altar, que reposaba sobre dos arcaicas columnas visigóticas. Resultó que una de estas columnas era hueca. En su interior el cura encontró cuatro pergaminos que se conservaban dentro de tubos de madera lacrados. Se dice que dos de los pergaminos eran genealogías, datando una de 1244 y la otra de 1644. Al parecer, los otros dos documentos los había redactado en el decenio de 1780 uno de los predecesores de Sauniére, el abate Antoine Bigou. Éste había sido también capellán personal de la noble familia Blanchefort, que, en vísperas de la revolución francesa seguía contándose entre los terratenientes más importantes de la región.

Los dos pergaminos que databan de la época de Bigou parecían ser textos piadosos en latín, extractos del Nuevo Testamento. Al menos a primera vista. Pero en uno de los pergaminos las palabras se juntan unas con otras de forma incoherente, sin espacio entre ellas, y se ha insertado cierto número de letras absolutamente superfluas. Y en el segundo pergamino las líneas aparecen truncadas de modo indiscriminado —desigualmente, a veces en la mitad de una palabra—, mientras que ciertas letras se alzan conspicuamente sobre las demás. En realidad estos pergaminos comprenden una secuencia de ingeniosas cifras o códigos. Algunas de ellas son fantásticamente complejas e imprevisibles, indescifrables incluso con un ordenador, si no se posee la clave necesaria.

BERGERE PAS DE TENTATION QUE POUSSIN TENIERS GARDENT LA CLEF PAX DCLXXXI PAR LA CROIX ET CE CHEVAL DE DIEU J’A-CHEVE CE DAEMON DE GARDIENT A MIDI POMMES BLEUES. (PASTORA, NINGUNA TENTACIÓN. QUE POUSSIN, TENIERS, TIENEN LA CLAVE; PAZ 681. POR LA CRUZ Y ESTE CABALLO DE DIOS, COMPLETÓ —O DESTRUYÓ ESTE DEMONIO DEL GUARDIÁN AL MEDIODÍA. MANZANAS AZULES.

Pero si algunas de las claves son desalentadoras por su complejidad, otras son patentemente, incluso flagrantemente, obvias. En el segundo pergamino, por ejemplo, las letras elevadas, leídas de forma continua, transmiten un mensaje coherente.

A DAGOBERTII ROÍ ET A SION EST CE TRESOR ETIL EST LA MORT. (A DAGOBERTO II, REY, Y A SION PERTENECE ESTE TESORO Y ÉL ESTÁ ALLÍ MUERTO)

Aunque este mensaje concreto debió de resultar claro para Sauniére, es dudoso que fuera capaz de descifrar los códigos más intrincados. Sin embargo, se dio cuenta de que había tropezado con algo importante y, con la autorización del alcalde del pueblo, presentó su descubrimiento a su superior, el obispo de Carcasona. No está claro hasta qué punto entendió el obispo lo que Sauniére le presentaba, pero lo envió inmediatamente a París —el obispo corrió con los gastos— tras darle instrucciones para que se presentase con los pergaminos a ciertas autoridades eclesiásticas importantes. Entre éstas las principales eran el abad Bieil, director general del seminario de Saint Sulpice, y Émile Hoffet, sobrino de Bieil. A la sazón Hoffet se estaba preparando para el sacerdocio. Aunque sólo tenía poco más de veinte años, ya se había labrado una impresionante reputación por sus conocimientos, especialmente en lo que se refiere a la lingüística, la criptografía y la paleografía. A pesar de su vocación pastoral, se sabía que estaba inmerso en el pensamiento esotérico y que mantenía relaciones cordiales con los diversos grupos, sectas y sociedades secretas, orientados todos ellos al ocultismo, que estaban proliferando en la capital de Francia. Debido a ello había entrado en contacto con un ilustre círculo cultural al que pertenecían figuras literarias como Stéphane Mallarmé y Maurice Maeterlinck, así como el compositor Claude Debussy. También conocía a Emma Calvé, que, en el momento de la llegada de Sauniére a París, acababa de dar una serie de recitales triunfales en Londres y en Windsor. Al mismo tiempo era la suma sacerdotisa de la subcultura esotérica de París, y tenía relaciones amorosas con cierto número de ocultistas influyentes.

Tras presentarse a Bieil y Hoffet, Sauniére pasó tres semanas en París. No sabemos qué ocurrió durante sus entrevistas con los eclesiásticos. Lo que sí sabemos es que aquel cura provinciano fue muy bien acogido por el distinguido círculo de Hoffet. Incluso se ha dicho que llegó a ser amante de Emma Calvé. Los chismosos de la época hablaban de una aventura entre los dos, y un conocido de la cantante dijo que a ésta le «obsesionaba» el cura. En todo caso, no cabe la menor duda de que disfrutaron de una amistad íntima y duradera. En los años siguientes ella le visitó con frecuencia en los alrededores de Rennes-le-Château, donde hasta hace poco aún cabía ver en las rocas de la ladera unos corazones grabados con las iniciales de ambos.

Al volver a Rennes-le-Château, Sauniére reanudó la restauración de la iglesia del pueblo. Durante las obras exhumó una losa curiosamente labrada que databa del siglo VII o el VIII y debajo de la cual había tal vez una cripta, una cámara mortuoria donde, según se decía, se habían encontrado esqueletos. Sauniére también se embarcó en proyectos de índole más singular. En el camposanto de la iglesia, por ejemplo, estaba el sepulcro de Mane, marquesa de Hautpoul de Blanchefort. La lápida y la losa que señalaban su tumba las había diseñado e instalado el abate Antoine Bigou, el predecesor de Sauniére un siglo antes y, al parecer, redactor de dos de los pergaminos misteriosos. Y la inscripción de la lápida —que incluía varios errores premeditados de espaciado y ortografía— era un anagrama perfecto del mensaje oculto en los pergaminos referentes a Poussin y Teniers. Si se cambia el orden de las letras, éstas forman la inscripción críptica que hemos citado antes y que alude a Poussin y a Teniers y los errores parecen cometidos expresamente para que así sea.

Sauniére, que no sabía que las inscripciones en la tumba de la marquesa ya habían sido copiadas, arrancó la lápida. Y esta profanación no fue la única cosa curiosa que hizo. Acompañado de su fiel gobernanta, empezó a hacer largos viajes a pie por el campo, recogiendo rocas sin valor ni interés aparente. También comenzó una voluminosa correspondencia con personas, cuya identidad desconocemos, de toda Francia, además de Alemania, Suiza, Italia, Austria y España. Le dio por coleccionar montones de sellos de correos sin el menor valor. E inició ciertas transacciones misteriosas con varios bancos. Uno de éstos envió incluso un representante de París a Rennes-le-Château con el único propósito de atender a los asuntos de Sauniére.

Sólo en sellos de correos Sauniére ya estaba gastando una suma nada despreciable, superior a lo que le permitían sus anteriores ingresos anuales. Luego comenzó a gastar en serio, a una escala asombrosa y sin precedentes. Cuando murió, en 1917, sus gastos equivaldrían por lo menos a varios millones de los actuales euros.

El demonio Asmodeo en la iglesia de Rennes-le-Château

Parte de esta riqueza no explicada fue destinada a loables obras públicas: hizo construir una carretera moderna hasta el pueblo, por ejemplo, así como instalaciones para el agua corriente. Otros gastos fueron más quijotescos. Construyó una torre, la Tour Magdala, que dominaba la escarpada ladera de la montaña. También hizo edificar una opulenta casa de campo, llamada Villa Bethania, que el propio Sauniére nunca ocupó. Y la iglesia no sólo fue decorada de nuevo, sino que lo fue de un modo harto estrafalario. En el dintel de la entrada hizo grabar esta inscripción en latín:

TERRIBILIS EST LOCUS ISTE (ESTE LUGAR ES TERRIBLE)

En el interior, a poca distancia de la entrada, colocó una estatua horrible, una llamativa representación del demonio Asmodeo, custodio de secretos, guardián de tesoros ocultos y, según la antigua leyenda judaica, constructor del templo de Salomón. En las paredes de la iglesia instaló unas lápidas horripilantes, llamativamente pintadas, representando las Estaciones de la Cruz. Cada una de ellas se caracterizaba por alguna extraña incongruencia, algún detalle inexplicable, alguna desviación flagrante o sutil de la crónica de las Escrituras. En la Estación VI, por ejemplo, aparece un niño envuelto en una manta escocesa. En la Estación XIV, que representa el momento en que el cuerpo de Jesús es introducido en el sepulcro, el fondo es un oscuro cielo nocturno, dominado por una luna llena. Diríase que Sauniére trataba de dar a entender algo. Pero ¿qué? ¿Que el entierro de Jesús tuvo lugar cuando ya era de noche, varias horas después de lo que nos dice la Biblia? ¿O que el cuerpo es sacado del sepulcro en lugar de introducirlo en él?

Mientras se dedicaba a esta curiosa labor decorativa, Sauniére continuó gastando a manos llenas. Coleccionaba porcelanas raras, telas preciosas, mármoles antiguos. Creó un invernadero para naranjos y un jardín zoológico. Reunió una biblioteca magnífica. Según se dice, poco antes de morir proyectaba erigir una enorme torre, parecida a la de Babel y llena de libros, desde la cual se proponía predicar. Tampoco se olvidó de sus feligreses. Sauniére les obsequiaba con banquetes suntuosos y otras muestras de largueza, manteniendo el estilo de vida de un potentado medieval que presidiera un dominio inexpugnable en la montaña. En su remoto y casi inaccesible nido de águilas recibió a varios huéspedes notables. Uno de ellos, huelga decirlo, fue Emma Calvé. Otro fue el secretario de Estado francés para la cultura. Pero quizá la más augusta e importante visita que recibió el desconocido sacerdote rural fue la del archiduque Johann von Habsburg, primo de Francisco José, emperador de Austria. Más adelante, los estados de cuentas bancarias revelaron que Sauniére y el archiduque habían abierto cuentas consecutivas en el mismo día y que el archiduque había cedido una suma sustanciosa al sacerdote.

Al principio las autoridades eclesiásticas hicieron la vista gorda. Sin embargo, al morir el antiguo superior de Sauniére en Carcasona, el nuevo obispo intentó pedirle cuentas al sacerdote. Sauniére contestó en un sorprendente tono de desafío y descaro. Rehusó dar explicaciones sobre su riqueza. Se negó a aceptar el traslado ordenado por el obispo. Éste, a falta de algo más grave, le acusó de simonía —es decir, de vender misas ilícitamente—, y un tribunal local le suspendió de sus funciones. Sauniére apeló al Vaticano, que le exoneró y reintegró a su puesto.

El 17 de enero de 1917 Sauniére, que a la sazón tenía sesenta y cinco años, sufrió una apoplejía súbita. Puede que esta fecha, el 17 de enero, sea sospechosa. La misma fecha aparece en la lápida sepulcral de la marquesa de Hautpoul de Blanchefort, la lápida que Sauniére había arrancado. Y el 17 de enero es también el día de san Sulpicio. Fue en el seminario de Saint Sulpice donde Sauniére confío sus pergaminos al abad Bieil y a Émile Hoffet. Pero lo que hace más sospechosa la apoplejía de Sauniére el 17 de enero es el hecho de que cinco días antes, el 12 de enero, sus feligreses declarasen que, para un hombre de su edad, parecía gozar de una salud envidiable. Pese a ello, el 12 de enero, según un recibo que se conserva, Mane Denarnaud había encargado un ataúd para su amo.

Cuando Sauniére yacía en su lecho de muerte se avisó a un sacerdote de una parroquia vecina para que escuchase su última confesión y le administrase la extremaunción. El sacerdote llegó en su momento y entró en la habitación del enfermo. Según un testigo presencial, salió al cabo de pocos instantes, visiblemente turbado. Tal como se dice en una crónica, «nunca volvió a sonreír». En otra se dice que cayó en una aguda depresión que le duró varios meses. Tanto si estas crónicas exageran como si no, el sacerdote, basándose seguramente en la confesión de Sauniére, se negó a administrarle la extremaunción.

El día 22 de enero Sauniére murió sin confesar. Al día siguiente su cadáver fue instalado en un sillón en la terraza de la Tour Magdala, enfundado en una vistosa sotana adornada con borlas color escarlata. Una a una fueron desfilando ante el cuerpo ciertas personas no identificadas, muchas de las cuales, a guisa de recuerdo, arrancaban borlas de la vestidura del muerto. Jamás se ha dado explicación alguna de esta ceremonia. Los actuales habitantes de Rennes-le-Château se sienten tan desconcertados al respecto como pueda sentirse cualquier otra persona.

La lectura del testamento de Sauniére fue esperada con gran expectación. Sin embargo, ante la sorpresa y el disgusto de todos, el testamento decía que Sauniére estaba absolutamente sin blanca. Al parecer, en algún momento anterior a su muerte había transferido la totalidad de su riqueza a Mane Denarnaud, que durante treinta y dos años había compartido su vida y sus secretos. O quizá la mayor parte de dicha riqueza había estado a nombre de Mane desde el mismo principio.

Después de la muerte de su amo, Mane siguió viviendo cómodamente en la Villa Bethania hasta 1946. No obstante, al terminar la segunda guerra mundial, el gobierno francés puso en circulación una nueva moneda. Con el objeto de atrapar a los evasores de impuestos, a los colaboracionistas y a los que habían sacado provecho de la guerra, los ciudadanos franceses, al cambiar francos viejos por francos nuevos, estaban obligados a explicar la procedencia de su dinero. Ante la perspectiva de tener que dar explicaciones, Mane eligió la pobreza. Fue vista en el jardín de la villa quemando inmensos fajos de billetes de francos viejos. Durante los siete años siguientes Mane vivió austeramente del dinero que obtuvo por la venta de Villa Bethania. Prometió al comprador, el señor Noel Corbu, que antes de morir le confiaría un «secreto» que le haría no sólo rico, sino también «poderoso». Sin embargo, el día 29 de enero de 1953 Mane, como antes le ocurriera a su amo, sufrió una apoplejía súbita e inesperada, a resultas de la cual quedó postrada en su lecho de muerte, incapaz de articular palabra. Murió poco después, llevándose sus secretos consigo, y causando una gran decepción al señor Corbu.

Continúa en parte 2
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