Una innovadora misión arqueológica subacuática ha confirmado la existencia de un asentamiento maya sumergido bajo las aguas del lago Atitlán, en las tierras altas de Guatemala. Este hallazgo permite reformular lo que antes se consideraban simples restos rituales aislados para entenderlo como una aldea en su día próspera, ahora inundada permanentemente por el aumento del nivel del lago.

La investigación, llevada a cabo en estrecha colaboración con la comunidad indígena maya tz’utujil, ha sido publicada en el Journal of Maritime Archaeology y representa uno de los descubrimientos arqueológicos subacuáticos más significativos en Mesoamérica de las últimas décadas.

Excavaciones revelan una estructura milenaria vinculada a la observación astronómica.Excavaciones revelan una estructura milenaria vinculada a la observación astronómica.
Excavaciones revelan una estructura milenaria vinculada a la observación astronómica.Excavaciones revelan una estructura milenaria vinculada a la observación astronómica.

Liderado por la arqueóloga mexicana Helena Barba-Meinecke, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, el equipo internacional incluyó a especialistas de Bélgica, España, Argentina y Guatemala. Sus hallazgos revelan que el sitio, conocido informalmente durante mucho tiempo como Samabaj y apodado la «Atlántida Maya», no es simplemente una colección de artefactos aislados, sino un asentamiento estructurado que floreció durante el período Preclásico Tardío, aproximadamente entre el 350 a.C.

y el 250 d.C. Los autores concluyen que la naturaleza y la escala del sitio lo convierten en un caso excepcional y único dentro de la región mesoamericana.

Una cuenca volcánica en constante cambio

Con una extensión de unos 137 kilómetros cuadrados, el lago Atitlán se asienta dentro de una caldera volcánica, una cuenca colapsada tras una erupción masiva hace aproximadamente 84.000 años. Debido a que la cuenca no tiene una salida superficial, sus niveles de agua son altamente susceptibles a las fluctuaciones causadas por la lluvia, las filtraciones, los deslizamientos de tierra y la actividad sísmica.

Si te detienes a observar la historia geológica de la zona, verás que los geólogos han rastreado oscilaciones de más de 10 metros en la historia registrada del lago.

De hecho, un terremoto de magnitud 7,5 en 1976 provocó por sí solo que el nivel del lago descendiera casi dos metros. Es esta historia geológica tan volátil la que probablemente causó que el asentamiento insular desapareciera bajo la superficie hace casi dos milenios. Debes imaginar un entorno donde la tierra y el agua mantienen una lucha constante, transformando el paisaje de manera drástica en periodos de tiempo relativamente cortos para la escala geológica, lo que obligó a sus antiguos habitantes a adaptarse o, finalmente, a abandonar sus hogares ante el avance inexorable de las aguas.

La formación de la caldera de Atitlán

Para entender por qué este sitio terminó bajo el agua, es necesario que comprendas la magnitud de los eventos que dieron forma a Atitlán. La caldera se formó mediante una serie de eventos volcánicos conocidos como «Los Chocoyos». Esta explosión fue tan masiva que sus cenizas se han encontrado desde Florida hasta Ecuador.

El vacío dejado por la cámara magmática al vaciarse causó el colapso de la superficie, creando el enorme agujero que hoy es el lago.

A lo largo de los siglos, la acumulación de sedimentos y la actividad de los tres volcanes que rodean el lago (Atitlán, Tolimán y San Pedro) han modificado la hidrología interna. Al ser una cuenca endorreica (sin salida al mar), el equilibrio entre la evaporación y la precipitación es extremadamente delicado.

Si alguna vez has visitado la zona, habrás notado cómo los muelles de los pueblos actuales a menudo quedan sumergidos o demasiado alejados del agua en cuestión de pocos años, un recordatorio viviente del destino que sufrió la antigua aldea maya.

Tecnología de vanguardia para el rastreo subacuático

Durante la misión de la UNESCO en 2022, el equipo utilizó una ecosonda multihaz para realizar un levantamiento batimétrico, recorriendo 70 kilómetros de transectos de sonar a lo largo de 3,78 kilómetros cuadrados del lecho del lago para estrechar su área de búsqueda. Ocho buzos rotaron durante cuatro días de trabajo, acumulando aproximadamente 2.400 minutos de tiempo de inmersión en altitud.

Si alguna vez has practicado buceo, sabrás que este es un desafío significativo, ya que la menor presión atmosférica a gran elevación aumenta considerablemente el riesgo de accidentes de descompresión.

Lo que documentaron parecía estar diseñado para la vida cotidiana: plataformas, plazas, estelas y habitaciones rectangulares dispuestas en grupos arquitectónicos claros. No se trata de piedras caídas al azar, sino de un urbanismo planificado que refleja una jerarquía social y una organización política compleja.

El uso de fotogrametría permitió crear modelos en tres dimensiones de estas estructuras, permitiendo a los investigadores «extraer» digitalmente las ruinas del agua para estudiarlas con una precisión que antes era impensable.

El desafío de la arqueología de altura

El lago Atitlán se encuentra a más de 1.500 metros sobre el nivel del mar. Esto implica que las tablas de descompresión estándar que usarías en el océano no son válidas aquí. Los arqueólogos tuvieron que realizar cálculos meticulosos para garantizar la seguridad de los buceadores, limitando el tiempo de fondo y aumentando las paradas de seguridad.

La visibilidad en el lago puede ser traicionera, con sedimentos en suspensión que a menudo obligan a trabajar casi por tacto o mediante el uso de luces potentes que apenas penetran la oscuridad verdosa.

Además, el equipo tuvo que lidiar con las termoclinas, capas de agua con cambios bruscos de temperatura que pueden afectar tanto al equipo de buceo como al rendimiento de los instrumentos electrónicos. A pesar de estas dificultades, la perseverancia del equipo internacional permitió mapear con una resolución sin precedentes el área de Samabaj, revelando que el asentamiento era mucho más extenso de lo que se había teorizado tras su descubrimiento inicial en los años 90 por el buzo local Roberto Samayoa.

Complejos arquitectónicos bajo el espejo de agua

El equipo documentó cinco complejos arquitectónicos principales utilizando la nomenclatura establecida en publicaciones previas para mantener la continuidad científica. El Complejo 1, conocido como la Plaza Cerrada, incluye una plataforma rectangular que mide al menos 18,8 metros de largo por 3,5 metros de ancho, con una alineación de piedras cuidadosamente trabajadas.

Al sur se encuentra el Monumento 1, una estela de 1,2 metros de altura asociada con un altar.

Por otro lado, el Complejo 3, denominado el Grupo de los Cuadros, consiste en tres estructuras rectangulares alineadas con muros de piedra tallada interpretados como viviendas mayas del Preclásico Tardío. En los Complejos 4 y 5 se documentaron otras dos estelas, ambas sin inscripciones pero con un carácter monumental evidente.

Estas estructuras sugieren que no solo era un lugar de residencia, sino un centro con importancia ritual y administrativa, donde las ceremonias se llevaban a cabo frente a monumentos de piedra que honraban a los antepasados o a las deidades locales.

La vida en el Grupo de los Cuadros

Al observar las estructuras del Complejo 3, puedes imaginar cómo era la vida diaria hace dos mil años. Estas habitaciones rectangulares no son muy diferentes en su concepto básico a las viviendas tradicionales que aún puedes encontrar en algunas zonas rurales de Guatemala. Los muros de piedra servían de base para superestructuras de materiales perecederos, como madera y palma.

La alineación de estas casas sugiere una planificación comunitaria, posiblemente basada en lazos familiares o de linaje.

La presencia de estas viviendas junto a estructuras ceremoniales como las estelas indica que en la cosmovisión maya del Preclásico, lo sagrado y lo profano no estaban separados. La gente vivía, cocinaba y dormía a pocos metros de los altares donde se realizaban ofrendas. El hecho de que estas piedras permanezcan alineadas después de siglos bajo el agua es un testimonio de la calidad de la construcción maya y de la rapidez con la que el lago reclamó el terreno, «congelando» el asentamiento en el tiempo.

Evidencias de una aldea próspera

Una excavación de prueba superficial, de 41 centímetros de profundidad y ubicada a 20 metros al oeste del Monumento 1, atravesó cinco capas estratigráficas y preservó la línea de tiempo más clara hasta la fecha. A una profundidad de 15,55 metros por debajo de la superficie moderna del lago, un paleosuelo (una capa de suelo antiguo enterrado) marcó la superficie terrestre que la gente pisó alguna vez.

Los fragmentos de cerámica y una lasca de obsidiana recuperados de los sedimentos más profundos fueron fechados en el periodo Preclásico Tardío, confirmando la ocupación entre el 350 a.C. y el 250 d.C.

Las capas también sugieren que la isla se inundó rápidamente y permaneció húmeda, lo que ayudó a proteger incluso los materiales orgánicos de la erosión. Según Barba-Meinecke, este sitio corresponde claramente a lo que se define como un «paisaje cultural sumergido». El hallazgo de obsidiana es particularmente revelador, ya que este material no es originario de las orillas inmediatas del lago, lo que implica que los habitantes de esta aldea participaban en redes de intercambio comercial a larga distancia con otras regiones de Mesoamérica.

El análisis cerámico y los vínculos comerciales

Los fragmentos de cerámica recuperados no son simples trozos de barro cocido; son cápsulas de información. Al analizar las formas y los acabados, los arqueólogos han podido identificar estilos que vinculan a este asentamiento con otros sitios importantes de las tierras altas de Guatemala y la costa del Pacífico.

Esto indica que Samabaj no era una aldea aislada en medio de las montañas, sino un nodo activo en una red económica que movía bienes, ideas y estilos artísticos.

La obsidiana, por su parte, es como el «oro negro» de la arqueología mesoamericana. Mediante análisis químicos, es posible determinar la fuente exacta de donde provino el material. Si la obsidiana de Samabaj proviene de fuentes como El Chayal o San Martín Jilotepeque, nos confirma que los habitantes tenían acceso a rutas comerciales controladas por grandes centros de poder.

La riqueza de estos hallazgos, a pesar de la limitada escala de la excavación, sugiere que el lecho del lago Atitlán guarda tesoros de información aún por descubrir.

Arqueología con la comunidad, no sobre ella

Quizás el aspecto más notable de esta investigación es el grado de colaboración sin precedentes con la comunidad maya tz’utujil. Ellos son los habitantes indígenas que han vivido alrededor del lago Atitlán durante siglos y son descendientes directos de quienes una vez habitaron la isla ahora sumergida.

En 2019, la comunidad, a través de su autoridad ancestral (la Cabecera, con sede en Santiago Atitlán), expresó formalmente la necesidad de una nueva intervención arqueológica que cumpliera con los estándares científicos y, al mismo tiempo, respetara su ontología y su forma de entender el mundo.

El diseño de la investigación fue definido conjuntamente por todas las partes desde el principio. Una comisión de transparencia compuesta por miembros de la comunidad se unió a cada reunión, un buzo local llamado Xelani Luz fue entrenado en técnicas subacuáticas para acompañar a los arqueólogos bajo el agua, y los resultados fueron devueltos a la comunidad en forma de modelos fotogramétricos en 3D que pueden ser compartidos entre generaciones.

Lo más importante es que cada fragmento de cerámica y lasca de obsidiana recuperado fue devuelto a su lugar original tras el estudio, sellando la excavación para honrar el acuerdo con la comunidad.

El respeto a lo sagrado y el retorno de los objetos

Para los tz’utujiles, estos objetos no son simplemente «datos» para especialistas; poseen una presencia y una obligación espiritual. El hecho de devolver los artefactos al lecho del lago después de su análisis técnico es un cambio de paradigma en la práctica arqueológica. En lugar de llevarse los restos a un museo lejano en la capital o en el extranjero, la ciencia aceptó que el patrimonio pertenece a su contexto y a sus herederos.

Esta metodología ha generado una confianza mutua que es rara en la arqueología tradicional. La comunidad incluso ha propuesto tres nombres en idioma tz’utujil para reemplazar la designación «Samabaj», un nombre acuñado por el buzo que lo encontró originalmente pero que no refleja la historia ancestral del lugar.

Este proceso de «descolonización» de la arqueología permite que el conocimiento científico se integre con la memoria histórica local, enriqueciendo ambas perspectivas.

Resistencia cultural y el futuro del sitio

Los autores del estudio señalan que la presión de grupos evangélicos y católicos ortodoxos en la región otorga a la defensa del patrimonio sumergido una dimensión de resistencia política y cultural. Para la comunidad, reclamar este paisaje subacuático es mucho más que un asunto arqueológico; es una forma de reafirmar su identidad y su derecho sobre el territorio y su historia frente a influencias externas que a menudo intentan borrar el pasado prehispánico.

El proyecto demuestra que la arqueología subacuática, cuando se lleva a cabo con las comunidades y no sobre ellas, puede transformar el conocimiento del pasado y las relaciones entre ciencia, patrimonio e identidad en el presente. Si alguna vez visitas Santiago Atitlán, podrás percibir que el lago no es solo una masa de agua, sino un ser vivo que guarda las almas y las historias de los antepasados.

Este enfoque colaborativo asegura que los descubrimientos no se queden en papers académicos, sino que cobren vida en la narrativa de la gente que hoy camina por las orillas del Atitlán.

Un paisaje cultural más amplio por explorar

Es muy probable que el asentamiento confirmado no sea el único que se encuentra bajo la superficie del lago. Las reconstrucciones de los cambios en el nivel del agua sugieren que otras áreas podrían preservar restos de antiguas islas que fueron sumergidas de manera similar. La densidad de estructuras arquitectónicas, la presencia de monumentos y la excepcional preservación de elementos orgánicos bajo los sedimentos convierten este descubrimiento en un punto de inflexión para la arqueología maya.

La próxima fase de la investigación incorporará nuevos estudios geofísicos, pozos de prueba estratigráficos más profundos y el desarrollo conjunto de políticas de protección y gestión. En cada paso, la comunidad tz’utujil participará como socia en igualdad de condiciones. Este modelo de gestión compartida podría servir de ejemplo para otros sitios arqueológicos en el mundo donde las poblaciones indígenas luchan por el reconocimiento y la protección de sus lugares sagrados, ya estén sobre la tierra o bajo las olas.

Fuentes

https://link.springer.com/article/10.1007/s11457-026-09511-8

https://www.earth.com/news/unesco-mission-confirms-mayan-settlement-lake-atitlan-in-guatemala/

https://greekreporter.com/2025/10/09/sunken-maya-city-atlantis-guatemala/

https://www.labrujulaverde.com/en/2026/03/archaeologists-and-the-tzutujil-community-confirm-the-discovery-of-an-ancient-maya-settlement-submerged-beneath-lake-atitlan/

https://www.ancient-origins.net/news-history-archaeology/maya-site-0017803

https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000381363

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